El vago
Esta es una historia de una persona que contemporánea al lector esta en una situación más acuciante debido a que de repente se encontró sin un peso tirado en la calle y con un hambre que parecía comerse sus entrañas
5/15/20264 min read
Era de noche, el suelo resbalaba por el fino hielo que cubría el piso de la city. Ya hacía un tiempo que estaba caminando, ahora lento por el cansancio y el dolor de una inoportuna ampolla que crecía al lado de su dedo meñique.
No paraba de cuestionarse y recriminarse su estupidez al gastar todos sus ahorros, que no eran más que un alquiler de la habitación donde sobrevivía, en un sánguche de lomo con papas fritas en el local que estaba al frente de su antigua vivienda. Recordaba cómo, mientras tragaba como alguien al terminar una gran travesía por el desierto, mediante grandes sorbos, la cerveza fría que acompañaba al sánguche. Lo comió rápido, en no más de 5 minutos, ya hacía 2 días que no comía y usaba esa explicación para empatizar con la estúpida decisión de comer tan extravagante plato con el dinero que aseguraría su alojamiento durante todo un mes.
Mientras caminaba buscando un lugar para descansar, un refugio donde pueda contemplar su situación en una posición menos forzosa que la de mula de carga, reflexionaba que en realidad no había sido solo esa comida. Hacía dos días que no comía porque estaba tomando cerveza con maní y alfajores de chocolate mezclados con facturas. En solo 3 días liquidó todo el dinero que tenía.
Era la primera vez que estaba en esa situación. Siempre había logrado salirse con la suya, como él le decía. Su inteligencia era por encima del promedio, eso nadie lo pudo negar nunca durante su vida. Siempre fue rápido para los cálculos y los acertijos, siempre fue más despierto para encontrar la solución a problemas que angustiaban a todos a su alrededor. Él se veía a sí mismo como un genio, pero con debilidades por el placer.
Comenzó a gotear, el viento gélido partía los huesos al caminar. Se acurrucó al lado de un cajero automático para protegerse del viento, pero no era muy efectivo para el agua. Comenzó a sacar cosas de su mochila buscando su campera, se puso una campera y un buzo, se puso dos remeras alrededor de sus manos, que estaban a punto de congelarse. Y permaneció mirando hacia el frente. Había un basurero con bolsas a su alrededor, parecía que hacía tiempo que el municipio había abandonado esa zona de la ciudad.
Llegaron dos personas y se pusieron a su lado. Estaban tapadas con una manta de plástico que los protegía del viento y la lluvia. Miró los zapatos, que eran nuevos, parecían personas de un buen estatus, aunque le extrañaba qué hacían allí, tan lejos del centro. Miraban para un lado y el otro. Charlaban de lo bien que lo habían pasado en la fiesta de anoche. La mujer reía y, un poco hastiada, recriminaba a su compañero porque se había ido tan temprano.
El hombre lo miró, un poco sorprendido porque asumieron que en ese rincón no había nadie. Le saludó, algo extraño, normalmente la gente pasaba sin hacer contacto visual con él. Le preguntó si había comido mientras le daba una manta como la que ellos tenían para que se protegiera mejor.
No, no comí aún. Estoy pensando en qué comer.
No le gustaba pedir ayuda y le daba vergüenza asumir que no tenía nada. Se recriminaba que era debido a sus errores que estaba en esa situación y no tenía por qué nadie ayudarlo, debía salir solo como lo hizo toda la vida.
El hombre lo miró extrañado. Le dijo que formaba parte de una fundación y luego siguió hablando usando palabras que, si bien no entendió. Le costaba seguir lo que decía por el ruido de los autos y usaba palabras que él, que había leído mucho, pensaba no entendía. Seguramente era alguien con dinero, pero ignorante. Mientras seguía hablando, miró a la mujer que lo acompañaba y veía cómo miraba a su compañero. Parecía entender lo que decía mientras asentía y sonreía.
Miró nuevamente al hombre que seguía hablando, parecía hablar solo, como dando un discurso grandilocuente, pero estaba seguro de que le hablaba a él. Decía derechos, garantías, posibilidad, oportunidades, palabras y palabras. De repente sintió un gran retorcijón en el estómago y pensó que algo podía hacer. Lo interrumpió y les dijo:
Disculpen, ¿saben si hay algún lugar donde den de comer por aquí?
El hombre y la mujer se miraron con una cara de visible preocupación. Le dijeron que no, y sacando de su bolso le entregaron 100 pesos. Miró ese dinero como si fuera un gran regalo de la divina providencia.
La lluvia comenzó a caer con más agresividad y la pareja lo saludó y se fue en un segundo. Ni pudo prestar atención hacia dónde fueron. Se quedó pensativo sobre cómo algunas personas intentan ayudar y solo lo que generan es más resentimiento. Se quedó pensando que la culpa parece volver más idiotas a las personas. Piensan que por hacer una obra de bien tienen el cielo ganado. No se dan cuenta de que todos moriremos y a nadie le importará ni dónde ni cuándo. Solo en 100 años nadie recordará nuestros nombres. Y en 1000 quizás ni el nombre de las instituciones que conocemos se recordará.
De repente vio pasar un colectivo. Ingresó rápidamente e intentó pagar con los 100, el chofer lo miró extrañado. Le hizo una seña de que pase. Le permitió entrar sin pagar, seguramente la culpa ajena operando nuevamente sobre su suerte.
Devolución
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